sábado, 30 de abril de 2016

Colonizadores


 “Perfil de un adelantado…”

*1847  + 20/07/1906

El descubridor de las bondades de los campos de Venado Tuerto fue Eduardo Casey, un argentino descendiente de irlandeses. Nació en la estancia “El Durazno” (Lobos), el  20 de abril de 1847, y obviamente heredó el instinto irlandés de conocer la calidad de los campos. Casey era un hombre de gran corazón y brillantes ideas, y si se hubiera ocupado de los pequeños detalles, habría acumulado una de las fortunas más grandes de toda sur América. Inclinado a los grandes negocios, fracasó en todos por no haber aplicado aquél refrán que dice: “Encárgate de las monedas, que los billetes se cuidan solos”. Casey no llevaba libros contables y delegaba todos sus asuntos financieros menores a sus colaboradores.

El 25 de mayo de 1877 contrajo matrimonio con María Inés Gahan, hija de John Gahan (que participó de la segunda excursión de Casey a los campos del Venado Tuerto) y Mary Devitt. Tuvieron cinco hijos: 1) Ángela, nacida el 02/10/1879 y fallecida el 17/02/1953, contrajo matrimonio con Julián Duggan (con sucesión). 2) Arturo Eduardo nacido en 1881 y falleció el 15/12/1882.  3) Elena que nació el 13/08/1883 y falleció soltera. 4) Lily que nació en 01/05/1886 y falleció soltera. 5) Vicente que nació el 22/01/1888 y falleció soltero el 02/091933.

Estuvo asociado con los Duggan, una de las familias más acaudaladas de la Argentina. Su hija se casó con Tomás Duggan, lo que le significó  un gran respaldo económico. La primera operación bursátil de gran escala fue la adquisición de unas cien leguas al sur de Buenos Aires, realizada desde Plaza Montero, a la sazón concesionaria gubernamental de las tierras del “Curamalál”. Posteriormente formó otra sociedad con G.Gilmour y R. Inglis Runciman en los distritos de Venado Tuerto y Loreto. El primero de setenta y dos leguas y el segundo de cien. Ambas operaciones fueron buenas y transparentes. Posteriormente, y con el respaldo financiero de Tomás Duggan, levantó el Mercado


Central de Buenos Aires que, con el tiempo fracasó. Tomás Duggan debió hipotecar sus bienes por el término de diez años, entre ellos dieciocho estancias. Poco tiempo después de esta operación, fallecieron Daniel y Miguel Duggan, hermanos de Tomás, dejándole una herencia fabulosa. Naturalmente los acreedores corrieron a exigirle que saldara su deuda, pero él les respondió que, al habérsele negado el crédito cuando lo necesitaba, ahora tomaría el tiempo acordado para su devolución, de manera que los dejó plantados esperando que se cumplieran los diez años para su cancelación. Decían que Tomás Duggan solía entretenerse yendo al Mercado Central y contarle a sus amigos que cada uno de los ladrillos del edificio representaba un dólar para su bolsillo.

Además de estas actividades, Casey tuvo amplia participación en obras públicas en Montivideo, a través de la construcción de edificios y hoteles. Pero las cosas no andaban bien y nuevamente se encontró en dificultades económicas, por lo que se vio obligado a recurrir nuevamente a préstamos hipotecarios. Esta vez fue la Baring Bros. la que facilitó el crédito hipotecario sobre los campos del “Curamalál”. Estos negocios, además de los del Mercado Central, terminaron por fundirlo.

Demás está decir que la Baring Bros. se adueñó del  “Curamalál”, que también derivó en una quiebra que fue salvada por el Banco de Inglaterra. La Baring vendió la mayoría de esos campos a la financiera alemana Tornquist, la que posteriormente los revendió fraccionados, cuyos porcentajes de utilidad alcanzaron entre los 700 a 800 por ciento. ¡Y pensar que la Baring pudo haber hecho lo mismo!.

Eduardo Casey fue uno de los fundadores del Jockey Club junto con el señor E.T. Mulhall, dueño del conocido periódico “The Standard”. También fundaron el “Bread and Butter Club”, (Club Pan y Manteca) de efímera duración. Ambos tuvieron participación en el Banco de Irlanda en Buenos Aires, pero la entidad no tuvo implicancias en la quiebra de Casey. En tanto Mulhall, que había tenido éxito en los negocios, fue considerado por Casey como “el único de sus amigos que no había fundido”.

No cabe dudas que Casey nació cincuenta años antes de tiempo. Sus ideas y planes eran brillantes y posibles, por lo que resulta patético pensar que un hombre como él, que alguna vez pensó en iniciar una carrera política con miras a la Presidencia de la Nación, haya muerto en la total miseria y desamparo.

Pero justo es reconocer que, si bien murió en la mayor de las pobrezas económicas, dejó tras de sí un sinnúmero de amigos que lo consideraban una persona generosa, abierta y transparente. Contar la historia de Casey sería muy interesante, pero eso demandaría mucho más que todo este libro.
 (“Work and Play in Argentina” – John Macnie – Londres 1924)

“El 23 de julio de 1906, desgarrado moralmente, cruelmente ignorado, pero aún con sueños que sabía irremediablemente inalcanzables, bajó el gran celta sus vigorosos brazos y dejó que una máquina de maniobras, cerca del Mercado Lanar de Barras, lo transportara metafísicamente a sus ilusiones pasadas” (sic) (“Irlandeses, Eduardo Casey, Vida y Obra” de Roberto Landaburu - Pág. 194).

A propósito de las distintas consideraciones que merecieron sobre la muerte de Don Eduardo, quiero en estas páginas dejar sentado mi total desacuerdo con aquellos que sostienen la teoría del suicidio. No creo que haya buscado la muerte porque estaba en bancarrota. Él ya había experimentado situaciones similares y jamás se deprimió. Al contrario. Siempre trató de salir adelante y si había algo que lo obsesionaba, era cumplir con sus acreedores.  Hombre de convicciones profundas, tanto religiosas como humanitarias, no me lo imagino tomando tremenda determinación, teniendo en cuenta su personalidad y lo que en aquellos tiempos significaba para toda la comunidad, el suicidio. A tal efecto, agrego al pie esta página, la parte final de la investigación que realizara el Rector del Instituto Universitario ESEADE,  CARLOS NEWLAND en torno a los últimos emprendimientos y el supuesto suicidio de Eduardo Casey. Vale la pena leerlo y sacar conclusiones sobre su contenido.

Tal vez el historiador Julio A. Costa haya sido quien hizo la más fiel descripción de Don Eduardo Casey, teniendo en cuenta que lo conoció personalmente. He aquí un fragmento de su libro “Semblanzas Históricas, páginas de mi diario”:

“En la tierra argentina, vasta y desierta, primero es la espada, después el arado, después el comercio y la escuela. Primero el latifundio, después la estancia, la chacra, la colonia y la cultura.

Así Curamalal. Primero los avanzados capitales de lejana frontera, desalojando al indio que dio al valle y a la sierra sus nombres compuestos, quichuas o araucanos, títulos graníticos de su antiguo señorío. Después los concesionarios que se asomaron al desierto con los latifundios de cientos de leguas. Y después Don Eduardo Casey, en 1884, que basándose en capital propio, del levantado entre sus amigos irlandeses con su palabra influyente y de un crédito de setecientos mil nacionales acordados por el Banco Hipotecario, y con la gerencia infatigable del pionero canadiense Don Juan Sewell, puebla el latifundio de Curamalal...

Hizo en el latifundio santafesino otra gran colonia ganadera y agrícola, en el paraje tradicionalmente conocido con el nombre de Venado Tuerto. Leguas y leguas de alfalfa, miles de novillos, casi puros, invernando en la inmensa pradera, el verde infinito del maizal, las rubias mieses espigando de oro el horizonte y el desierto matizado con quintas y pueblos, tal fue la transformación maravillosa del pajonal santafesino entre las manos ágiles del vigoroso luchador.

Parecían ellas sacar del mismo sol de 1810 su poder fecundante para animar con el aliento de la civilización y del progreso, aquella pampa legada intacta por la colonia, que había transportado a la llanura sudamericana, el soplo helado del Escorial.

A Eduardo Casey le llegó, al final, el derrumbe como a todos los precursores que avanzándose demasiado sobre los lindes del tiempo, pierden pie y caen al abismo.

Su ruina fue el Barrio Reus, de Montevideo. El Reus fue la primera iniciativa de los grandes barrios suburbanos con casas confortables y baratas para obreros, que ahora son preocupación primordial de la legislación argentina y que continuará más tarde en Montevideo con éxito merecido ese otro trabajador oriental, Don Francisco Piria, el fundador de Piriápolis. La especulación en su vértigo arrastró a los especuladores hasta el fondo del barranco y se tragó 37 millones en los que se fueron Curamalal y el Venado Tuerto junto con los capitales irlandeses ganados peso a peso, kilo a kilo sobre el rubio vellón de las majadas. El luchador celta quedó knock out y pasaron sobre él los diez segundos de la mala suerte.

Más tarde se incorporó todavía y fue a Londres a financiar trabajosamente el ferrocarril Midland. De día aparecía en la Bolsa Mundial como espectro de la fortuna desvanecida, tratando de manipular reacios millones, y de noche se refugiaba en la buhardilla de un hotel, donde los trasnochadores de la City podían percibir en la madrugada la luz mortecina que oscilaba entre las columnas de números de insomne fantasía.

Por fin financió la ardua empresa y regresó a Buenos Aires con cien mil libras esterlinas de ganancia propia que invirtió íntegramente en pagarle a toda la gente pobre que había depositado en su casa.

Después murió prematuramente de pena por no poder cumplir con todos sus compromisos y con la amargura de su honradez ingénita, que no habían enervado los cracks financieros. Tenía 59 años cuando murió pobre y olvidado, con la inhibición total de bienes, esa fuente civil de trabajadores audaces, cuya derogación propuse al Senado de Buenos Aires y, como es natural, la detuvieron los acreedores, poco filósofos.

Don Eduardo Casey había trabajado mucho para todos y mal para sí mismo, a diferencia de los parásitos que se enriquecen sin hacer nada con el trabajo de los demás. Era hijo de irlandeses, nacido en la Estancia “El durazno” en Lobos, Provincia de buenos Aires y tenía la fantasía y tenacidad de su raza.

Su última creación fue el Marcado Central de Frutos, monumento al trabajo y a la riqueza que cubre varias hectáreas en la populosa Avellaneda y cuya vasta mole contemplan los presentes y contemplarán las futuras generaciones, colosal como la cosecha argentina y por dentro de otro macizo como los templos del Sol.

A su entrada, tallada en el granito de Curamalal, donde él hizo surgir el agua de la roca y el maná del fértil valle, debiera levantarse la estatua de Don Eduardo Casey, en su alta y distinguida figura, vestido con su levita cruzada, de cara al Sur oscuro, y con la larga barba al viento y a la tormenta como el obrero bíblico.